Gatlinburg, Tennessee.
Me levanto a tiempo para la salida del sol. Los rayos caen sobre mi cara con dulce calor cuando salgo de la cabaña. Me siento en la mecedora hecha a mano con los árboles de alrededor. El aire fresco muerde mi piel pero la belleza de las montañas me hace olvidarlo. Miro hacia abajo y todo lo que puedo ver son árboles verdes y viejos. Me hace sentir muy pequeña en un mundo tan grande y hermoso. El sol continúa saliendo mientras pienso en cuántas personas están disfrutando este precioso paisaje. El fresco aire me reaviva cuando entra en mis pulmones y me hace sentir completamente contenta y en paz con el mundo. Me hace olvidar de toda la rapidez de la ciudad. El cielo empieza a transformarse de morado y azul a naranja y amarillo y las montañas quedan en un tono misterioso de morado y azul. Me hace pensar en lo que puede existir en un lugar tan rural y lejos de la ciudad, un lugar tan natural. De reojo veo que algo se mueve y en ese momento mi pregunta esta respondida. Veo, en las montañas, una familia de osos. Dos ositos inocentes siguiendo su enorme mamá, creo que en busca de comida. No me quiero ir del sitio más hermoso del mundo: las montañas de Gatlinburg, pero ya es hora de irme.