¿Qué pasaría si, durante un mes, usted saludara a todas las personas?
Diez enseñanzas que le pueden dejar un pequeño cambio.
Hola. Es una de las primeras palabras que aprendemos de bebés, y sin embargo la usamos muy poco de adultos. En nuestro apuro infinito por hacer cosas o llegar a algún lugar, ya casi no tenemos tiempo para ofrecer este elemental gesto de cortesía. Y es una lástima, porque decir “hola” es más que un simple saludo. Es un reconocimiento de existencia: aunque breve, es una pausa que hacemos para afirmar el valor del otro (y a la vez el nuestro).
¿Cómo podría cambiar el mundo -y nosotros- si prodigáramos esta palabra? Para saberlo, leamos lo siguiente:
No es tan fácil como uno cree. Con la edad nos cubrimos con una especie de costra, como la capa endurecida que le sale a un postre que guardamos en la heladera. Aunque tal vez sigamos siendo blandos por dentro, eso no es lo que ven los demás. La desconfianza nos atrapa, y nos resulta más difícil levantar la mano y saludar porque eso invita a la gente a acercarse a nosotros. “Hablamos con la gente sólo cuando necesitamos algo, y ese es un hábito difícil de romper”.
La cordialidad es tan rara hoy en día que nos desarma. Como nadie está acostumbrado a que lo saluden, cuando se hace sirve para captar la atención de los otros y conseguir lo que se desea. Por ejemplo, si comienza un mensaje electrónico diciendo “Hola”, puede obtener con más frecuencia una respuesta. Y si saluda a los cajeros del supermercado y del banco, me darán un mejor servicio. Es como si los despertara y les hiciera notar su presencia.
Saludar mejora la productividad. En uno de los pocos estudios que se han hecho sobre este tema, Allday pidió a profesores de secundaria que saludaran individualmente a sus alumnos cada día Esta breve interacción elevó su productividad en un 27 por ciento. Según Allday ( Profesor de educación especial ),la escuela pasó de ser impersonal a personal, lo que se tradujo en una mayor participación en clase y mejores calificaciones. (Gerentes, tomen nota: tal vez les convenga decir “buenos días” a todos sus empleados).
Las personas menos atendidas son las más amigables. Los ancianos, los indigentes, los raros … en otras palabras, reaccionan con más amabilidad. Habituados a sentir la ley del hielo, cualquier señal de atención los alegra y vuelve afectuosos.
El respeto genera respeto. Cuando se saluda con la mano a los automovilistas, ocurre algo inusual: devuelven el saludo y dejan más espacio libre para pasar.
El entorno influye en la afabilidad. Un estudio mostró que era menos probable que la gente de la ciudad de Nueva York le estrechara la mano a un desconocido (lo hizo el 38 por ciento) que la de pueblos pequeños (68 por ciento). Y los ambientes agradables suscitan más holas y sonrisas recíprocas que los desagradables. Asimismo, en sitios vacacionales como las playas la gente es más amigable que la que corría para llegar al trabajo en el centro de la ciudad.
Las ventanillas oscuras deberían estar prohibidas. Un factor aún más crucial es no poder vernos los unos a los otros: o los coches son muy altos, o las ventanillas muy oscuras. Como consecuencia, compartimos el camino con máquinas sin rostro a las cuales no miramos o con las cuales podemos mostrarnos agresivos. Pero hay una excepción: los motociclistas. Si se los saluda parecen felices de ser notados. El riesgo de morir nos vuelve a todos amigos íntimos.
Hay que ser cuidadosos con los chicos. En nuestros días, es lamentable pero necesario que los chicos desconfíen de los extraños. Después de los conductores, los niños de entre 5 y 15 años son los que menos saludan.
El contacto con la gente nos pone más atentos. Decir hola con frecuencia hace divagar menos y concentrarse más. Eso es zen social.
Es un seguro de salud universal. No se puede decir hola sin sonreír. Es como un acto reflejo, y está comprobado por varios estudios que sonreír disminuye la presión arterial, fortalece el sistema inmunológico y libera endorfinas. Todo lo anterior reduce el estrés, mejora la salud y aumenta el bienestar. Además, hay muchas pruebas de que las sonrisas producen efectos fisiológicos y psicológicos similares en quienes las reciben.
Como ve, quizá podría mejorar el mundo con sólo decir “hola”.
No es necesario que salude a todo el mundo: eso podría resultar agobiante. Mejor elija un número (tres, digamos) y propóngase saludar a ese número de desconocidos por día, lo que daría 1.095 holas por año. Es un número considerable, ¿no le parece?
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