Sus días como actor y de fama, y de cómo dejó la actuación para siempre.
Fue en un bar, en la esquina de Corrientes y Callao, en Buenos Aires. Al principio me pareció extraño que una reunión para tratar un tema así se llevara a cabo en un bar. Le resté importancia.
Eran dos productores y el Director, Argentino, de renombre internacional. La propuesta era seria y hasta me llegó a interesar. Puedo hacer esta película y después retirarme, pensé. Pero lo insólito ocurrió…
Uno de los productores, español, dijo que confiaban en que en esta reunión pudieran conocerme, saber si yo era extrovertido, si podía desenvolverme bien, saber cómo me expresaba, si tenía sentido del humor, si era ocurrente y creativo puesto que la película tenía tendencia humorística; y de ahí decidir si me daban el protagónico.
Quedé pasmado. Creí que me conocían, que sabían quién era, y que me llamaban para ofrecerme el protagónico, no para hacerme un casting sentado en una mesa. Entonces le dije:
-Soy actor no orador. Si querían un casting me lo hubiesen dicho y lo hacía. Yo no hablo mucho, soy parco y muy tranquilo. Si están esperando que sea simpático y extrovertido vamos mal. Yo no soy así. Además podés encontrarte con una persona que habla mucho y muy simpática pero eso no quiere decir que sea buen actor. Eso, un buen director, debería saberlo.
Salí del bar y bajé por Corrientes metiéndome en librerías y desquerías. Demás está decir que no me dieron el protagónico y que dejé definitivamente la profesión de actor. Me llamaron para otros trabajos, es verdad, pero nunca tuve fuerzas para volver. Ahora me dedico a rentista: con el dinero que gané en mis épocas prósperas compré departamentos. Recorro plazas, camino las calles, visito amigos y estoy en un proyecto que no quiero adelantar. A veces extraño el vientito de la fama, las fiestas, las chicas fáciles, los tacheros mirándome por el espejo retrovisor.