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Buenos Aires me mata

Las desventuras diarias de vivir en esta jungla de asfalto, cables y cemento.

Cuando salimos del trabajo nos tenemos que resignar a respirar algo que no es aire, sino un espantoso smog creado por la cantidad de autos, colectivos, taxis, motos, micros, camionetas que se chocan continuamente porque el de adelante no los deja pasar y están siempre apurados.

Y al llegar el fin de semana tratamos de aprovechar el tiempo y nos prometemos que haremos todo lo que no hacemos en la semana por falta de tiempo, o de ganas, pero las horas se escapan como arena en nuestras manos, y cuando el domingo el reloj da las 7 nos damos cuenta que todos los asuntos pendientes se pospondrán hasta el próximo fin de semana, o quizás el otro.

Entonces volvemos a correr. Entre basura, por si no lo mencioné antes. Vivimos corriendo entre basura y tratando de esquivarla. Buenos Aires es una ciudad muy sucia. En realidad, la que es sucia es la gente. Una práctica sumamente común es tirar basura desde cualquier lugar y a cualquier lugar. Mendoza es una ciudad bellísima, famosa por su limpieza. En Mendoza se toman la limpieza de su ciudad muy en serio. Todos colaboran para mantener limpia suciedad. Buenos Aires es tristemente célebre por su falta de limpieza.

Y así sobrevivimos, casi sin oxígeno, a base de comida chatarra, corriendo como el conejo de Lewis Carroll, condenados al eterno retraso, sin dormir ni descansar lo suficiente. Y cuando el cuerpo reclama, dice basta con úlceras, gota, diabetes, colesterol, problemas cardíacos y respiratorios, nos preguntamos por qué, ¡si hacemos vida sana! No, eso no es vida. No me gusta vivir así. No quiero vivir así.

El reloj me reclama. Es tarde otra vez. Me voy corriendo nuevamente, mientras sueño con el día en el que deje de hacerlo por obligación y lo haga sólo por el placer de hacerlo, en un parque, en una plaza o en una playa, pero definitivamente lejos de esta jungla de asfalto, cables y cemento.

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