Las desventuras diarias de vivir en esta jungla de asfalto, cables y cemento.
Abro los ojos al día para descubrir que ya son las 8. Es la tercera vez en la semana que apago el despertador y sigo durmiendo. Mi intención inicial es salir corriendo para recuperar el tiempo perdido entre las sábanas, como hago habitualmente (quedarme dormida ya es un hábito), pero no quise hacerlo. Me duché y me puse a hacer tostadas como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Estoy cansada, terriblemente cansada de correr de un lado a otro. Todos hacemos lo mismo, en Buenos Aires la gente vive (vivimos) corriendo. Corremos porque el tiempo nunca nos alcanza, corremos para no llegar tarde a ningún lado, sin importar a cuanta gente tengas que empujar en el camino, para el que se lleva a todos por delante, no son personas, sólo son obstáculos que lo hacen perder parte de su valioso tiempo, que nunca alcanza, a pesar de que cada vez escatimamos más de las horas de sueño, hasta que el cuerpo nos pasa factura enfermándose. El tiempo que tanto cuidamos es el mismo que luego desperdiciamos en una cola de supermercado que nos roba 45 minutos, y eso si no hay demasiada gente.
Los porteños vivimos corriendo porque necesitamos llegar a tiempo al trabajo, otro ladrón de nuestro valioso tiempo. El trabajo nos roba, además de tiempo, energía, ánimo, fuerza vital. Gastamos 8 horas diarias (o más, sin contar el tiempo perdido en viajes) en hacer algo que la mayoría de las veces no nos gusta, y si no nos gusta, nunca haremos bien del todo. Pero el trabajo nos da plata, que después de todo, gastaremos en un santiamén. La plata se va de nuestras manos más rápido que la cola del super que nunca avanza. Somos esclavos de 9 a 6, para que nunca nos alcance la plata y vivamos corriendo.
Durante el trabajo haremos un breve alto para comer. En ese momento en el que tendríamos que reponer energías y darle a nuestro organismo los nutrientes que necesita, reemplazamos una comida saludable por cualquier porquería que podamos comer en menos de 45 minutos (porque eso es lo que dura “la hora” del almuerzo), y que en lo posible no nos haga doler mucho el bolsillo. Y si podemos tragar en vez de comer, aunque casi no distingamos los sabores, mejor, así podemos aprovechar la “hora” del almuerzo para correr al banco.