La vista “de pájaro” a veces no es tan buena.
Tras un par de horas de vuelo, parecía que había llegado mi momento de aterrizar. Sólo tenía 300 metros sobre el suelo y las térmicas brillaban por su ausencia, así que decidí concentrarme en el campo de aterrizaje. Era la primera vez que volaba en esta zona, pero habíamos hablado de utilizar los campos cercanos a la estación de tren. Allí estaban, un poco más al sur.
Caramba, no había mucho sitio para aterrizar, cables, casas, árboles, cercas… bueno, aunque no era muy grande parecía ser bastante llano. Lo que menos me gusta de aterrizar fuera del campo “oficial” es que nunca sabes de dónde viene el viento allí abajo. Intenté adivinarlo por el movimiento de las hojas de los árboles, pero no estaba muy claro. Busqué alguna bandera que me sirviera de manga, pero nada a la vista.
- Voy a aterrizar, ¿hay alguien allí abajo?, pregunté por la radio, en busca de alguno de mis compañeros de vuelo.
- Estoy aquí, dijo un amigo, hay viento flojo del sureste, pero está térmico y cambia mucho, te voy a colocar una “manga” en el campo.
- Muchas gracias, no quisiera acabar este vuelo con el pico clavado en el suelo.
Efectivamente estaba allí abajo, vi su figurita moverse por el lateral del campo, subido a la valla, sosteniendo un largo palo del que ondeaba un trapo blanco. Y lo colocó allí encima, sobre la valla.
- Ponla en medio del campo, ahí casi no la veo con los árboles, le pedí.
- No puedo hacerlo, respondió enigmáticamente, pero no te preocupes del viento, hay muy poco y no lo vas a notar. Y en cuanto aterrices ven rápido hacia la valla.
“Qué raro”, pensé, “por qué dirá eso”, pero no tenía tiempo de charlas, el aterrizaje estaba próximo y tenía que concentrarme en hacer la aproximación. Sobrevolé todo el campo viento en cola atenta para decidir cuándo hacer el último giro. De reojo observé una vaca pastando solitaria en el campo, no me molestaría, había sitio para las dos. Hice el último giro y en breves instantes frené en medio del campo suavemente.
Estaba cansada y sedienta, así que salí tranquilamente del arnés, y rebusqué en el bolsillo hasta encontrar la botella de agua. Ya no me acordaba del extraño mensaje de mi amigo “cuando aterrices ven rápido hacia la valla”. Algo llamó mi atención de repente, y era él, allí subido encima de la valla, gesticulando y gritando no sé el qué. No le hice caso hasta que vi cómo corría hacia mi y bruscamente me agarraba del brazo y me llevaba corriendo fuera del campo, a trompicones, sin dejarme ni hablar.
Por fin saltamos la valla y me soltó.
- Pero qué te pasa, le pregunté.
- ¿Es que no te has dado cuenta?
- ¿Cuenta de qué?
- ¡El torooo!
- ¿Qué toro?, dije mirando al campo, donde la “vaca” seguía pastando mirando fijamente mi brillante ala roja.