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¿Dónde están los bichos colorados?

A veces se abre una puerta que no sabemos por qué está ahí o para que está ahí. Y la abrimos para mirar un poquito… pero la cerramos de nuevo…

¡Qué pregunta! Hace un rato me senté sobre el césped con la esperanza de hacer tierra.

Casi sin darme cuenta a un bichito porfiado, que se había ensañado con posarse sobre mi brazo derecho, lo aplasté (no debí).

Y después no sé por qué, divagué… Ah! Ya sé por qué. Me imaginé tirado sobre el césped hirsuto, pinchudo, que había cortado hace una semana y me vi todo colorado como cuando chico me revolcaba (sin querer o sin que me dejaran) sobre el pasto, y me decían: ¡Tené cuidado que te van a picar los bichos colorados!.

¿Qué diablos eran los bichitos colorados? Creo que deben ser algo, o debieron ser algo así como Papá Noel (no Papá Noel no existía en ese tiempo), como los Reyes Magos, que después me enteré eran mi papá o mi mamá que se convertían durante ese ratito cuando salían a sacar la basura (no, si la basura la tirábamos al pozo del fondo de casa al día siguiente), salían digo a… no sé… a dejar los regalos, supongo.

Claro que hoy mejor es salir, dejar los regalos y sin apartarse de ellos decir:

¡Chicos, vengan a ver qué les trajeron los Reyes Magos! (o el sucedáneo extracultural).

Cuántas fábulas nos creímos los pibes que hoy contamos hasta 40. Quizá yo viví más de las que debía. No importa, después tomé revancha. ¿Revancha de qué? De nuevo, no importa.

Pero volvamos a mí, hoy y aquí. Me encuentro sentado frente a mi PC tecleando unas palabras que en principio no sé qué quieren decir. ¿Qué estoy haciendo? No sé.

Me pica el brazo derecho. Tengo una pequeña ronchita cerca del hombro. Parece como la picadura de un bicho colorado, esos chiquitos, redondos, que guardan las alitas y te pican y después te hacen divagar…

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