Dos anécdotas personales sobre aproximación a la poesía.
Sentí desagrado, miedo, angustia, ante los hondos versos de Fray Luis de León. ¿Por qué? Entonces no lo supe, como no sabía el nombre del autor. Ahora supongo que los debí tomar muy en serio y presentir que de aceptar ese mensaje me quedaría sin experiencia de la vida. Pero después de vivir con fervor las relaciones humanas, la oda de Fray Luis me proporciona el sentimiento que los griegos denominaron sophrosyne, “aquella calma y reposo y templanza de afectos, fin supremo del arte”, al sentir de don Marcelino Menéndez y Pelayo. Es que la poesía tiene su circunstancia para ser disfrutada.
Quiero finalizar este compendio sobre un tema del que se han escrito millones de palabras, con otra anécdota personal. En la época de mi adolescencia, llegó de visita a casa un declamador, amigo de mi padre, modulador que había compartido veladas inolvidables en compañía del poeta bogotano Alberto Ángel Montoya. Después de unos cuantos escoceses con agua tónica y hielo, achispado recitó un poema de su fascinante amigo. En la medida que avanzó sobre la Elegía del Tiempo Sonreído con ronco y armonioso tono, mi deseo de reír o llorar fue en aumento. Cuando concluyó la voz temblorosa y ebria (“…Será preciso un día de angustia ultra terrena, / llorar; llorar por todo lo que no pudo ser. / Pero aun después del llanto, brotará la sonrisa/ más allá de la vida, la muerte y la mujer”), yo, cerca del baño de emergencia, me colé sin que se notara. Cerré con falleba, eché mano a la toalla, me cubrí la cara y sollocé por la emoción estética. Empero, como todo un hombre colombiano de la época, que habría hecho el oso si hubiera dejado traslucir algo de ternura, me repuse al momento y salí sonriendo.