Dos anécdotas personales sobre aproximación a la poesía.
Refluye mi raciocinio al pasmo que me causó en la primera juventud una idea del más trascendental de mis maestros, Jean Paul Sartre. Anotó que algo típico del lenguaje poético era revelar amarguras, añoranzas, decepciones, congojas, pesadumbres, en oposición a otros lenguajes que pretenden anunciar lo suyo bajo laureles: “…El poeta está seguro del fracaso total de la empresa humana y se dispone a fracasar en su propia vida, a fin de testimoniar con su derrota privativa, la derrota humana en general. Pone, pues, también en tela de juicio lo que hace el prosista. Pero el combate de la prosa se hace en nombre de un triunfo mayor y el de la poesía en nombre de la derrota que esconde toda victoria…Es manifiesto que en toda poesía se halla presente cierta forma de prosa, o sea de triunfo. Recíprocamente, la prosa más seca encierra siempre un poco de poesía, es decir, cierta forma de fracaso…”
Otro aspecto es el juicio del lector u oyente del poema. La otra cara de la moneda. Cuando yo era niño me llevó mi abuelo materno a visitar a un señor que había sido su comandante en la Guerra de los Mil Días. Vivía en una pequeña finca de la sabana de Bogotá, a un par de horas de camino a pie, desde una vetusta estación solitaria del ferrocarril de Cundinamarca, donde nos habíamos bajado. Una robusta campesina de edad indefinible que no era su mujer, ni siquiera pariente, preparaba los alimentos, lavaba la ropa y aseaba la humilde vivienda del veterano, privilegiado con pensión de vejez. Cuando mi abuelo me presentó y dijo que su nieto amaba las palabras, la mirada profunda del anciano entre una maraña de cejas blancas me hizo mella. Sin dar tiempo para recuperarme del lanzazo, con tronante voz militar exclamó:
“…Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre, quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero…
Vivir quiero conmigo,
gozar del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo…”