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¡Vamos al Kosovo!

La vida nocturna y la frivolidad, prepotencia y autosuficiencia de los jóvenes que lo tienen todo.

La amistad entre ellos es solo una mera apariencia donde afloran los complejos y los instintos más primitivos que puede tener el ser humano. Juntos deforman el lenguaje y lo vuelven uno propio y solo de ellos. Juntos destruyen cuanto quieran. Ellos están más allá de la justicia y de las leyes, hechas para los simples mortales. Sus padres podrían comprar medio país y sobornar a tribunales enteros. Sus amigos y su posición hacen inconcebible que ellos sean responsables ante la justicia. Es esta “sagrada animalidad” la nueva nobleza mexicana. Esa animalidad de los excesos que no se sujeta a regla alguna porque es de por sí perfecta a los ojos de quienes están atados por dilemas morales o económicos. Esta sagrada animalidad representa pues, la libertad pura. Creen que el hombre ha sido hecho para ser como ellos. No creen en ninguna clase de vida eterna porque creen habitar ya en una especie de paraíso hedonístico, mas parecido a un vulgar bacanal. ¡Juntos parecen -y se sienten- omnipotentes! Nuestros cinco personajes -juntos y hasta cierto límite (la culpa y la conciencia misma)- hacen más llevadera su vida en común y la existencia propia.

Existencia que se hace cada vez más difícil al verse irremediablemente solos. Existencia que -en el caso de nuestra Marta- no puede convivir con las culpas y el tormento de la conciencia. Existencia que se vuelve vanal entre la precariedad de su entorno. Existencia y abundancia que resulta patética entre las moles antiestéticas de concreto y hierro de la ciudad que habitan. Existencia que solo se justifica por la complacencia constante e infinita de placeres ínfimos y momentaneos.

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