Una mirada.
Hablar del tango, es hablar de la vida misma. Comprender el tango, significa haber vivido, amado, perdido, llorado… y es por eso que después de unos años recién se le encuentra sentido a sus letras, a su eco lastimoso transmitido por bandoneones que resuellan al compás triste de una pena, que paradójicamente se puede bailar. Algo debe tener, pues sobrevive a todas las danzas que en algún momento estuvieron de moda, lo dijo el maestro de baile Juan de Chlkoff en 1925 al exponer sus impresiones sobre el tango en un programa radiofónico:
“El tango es el padre y la madre de todos los bailes modernos. Hay en el tantas figuras, armonía y corazón que el fox-trot, el blues y el charleston no son mas que préstamos del tango. A través de todas las danzas modernas, un profesor de estética puede ver facilmente, como con rayos Roentgen, que el tango argentino es el esqueleto de todas esas danzas. Vale decir: siempre el tango, vestido a la yanqui, a la inglesa, a la rue de la Paix. Siempre el mismo tango con diferentes apellidos.”
Hasta aqui el maestro Juan de Chloff y su manifiesto fanatismo por el tango. En sus palabras se adivina el descubrimiento de la constante renovación del tango, en cuatro minutos de música es posible entablar una relación mágica de amor entre dos seres que tal vez nunca se hablaron antes, pero en sus orígenes lejos está el romanticismo y el empeño recio del varón por conquistar a la dama.
Barcos esclavos provenientes del Congo trajeron la raiz de esta música, pero la danza es netamente Americana.
En tiempos del virreynato la servidumbre se juntaba en bulliciosos festivales, se cantaba, se bailaba y se bebía sin moderación. Se llegaba al paroxismo, e inspirados en alcohol los concurrentes improvisaban ritmos que intentaban seguir con sus pies.
Su nombre, “tango”, también un misterio, algunos lo creen de origen africano, otros, derivada “tángere”, tocar.
De a poco el tango salió de los candómbes para entronizarse en el viejo barrio de San Telmo, donde estaban los Mataderos. Más tarde, pasó a la Boca de¡ Riachuelo, donde el acordeón genovés v la guitarra, introdujeron en la danza criolla un sentimiento más culto de la armonía, sin que el baile perdiera su gracia voluptuosa. Luego, el bandoneón perfeccionó sus movimientos, dándole más ensueño y purificándolo de procacidad. Apareció entonces, el primer tango escrito, que se llamó “Bartolo”, y de allí saltó al escenario de los teatros nacionales, donde Ezequiel Soria hizo que lo bailaran artistas españoles como Enrique Gil, Félix Mesa, Ángeles Montilla, Julio Ruiz… Así el tango se embarcó para Europa v, impuso en los teatros de Cádiz, de Sevilla, de Barcelona y de Madrid… Surgió la “Bella Otero” y lo llevó a París, donde Liana de Pougy se enamoró de su ritmo, lo difundió como una danza bárbara entre sus canciones parisienses, y, enseguida, Mistinguett lo canonizó junto con la machicha brasileña.
Tal es la historia de nuestro lindo tango. Pero, como no hay historia sin filosofía, he aquí que el baile nacional tiene la suya.
excelente!!!!!